abril 07, 2012

La Cuba que Camila no quiso ver


El timbre del móvil sonó nervioso y yo di un salto en la silla. Llevaba más de una semana con el servicio telefónico prácticamente interrumpido y de pronto aquel pequeño artilugio de teclas y pantalla daba una señal de vida. “Camila Vallejo llegará mañana a La Habana”, me dijo una voz al otro lado de la línea y colgó.
Después de los días vividos durante la visita de Benedicto XVI a Cuba, confieso que la noticia del nuevo arribo no me provocó muchas expectativas. Aun tratábamos de completar los reportes de detenidos durante las jornadas papales y la sala de mi casa era un hervidero de amigos contando historias de calabozos y arrestos domiciliarios. La vicepresidenta de la Federación de Estudiantes de la Universidad de Chile (Fech) llegaba en un mal momento, alcancé a pensar. Pero después caí en cuenta que recién comenzaban los festejos por el 50 aniversario de la Unión de Jóvenes Comunistas y todo empezó a ganar sentido. Las dos islas en las que habito se mezclaron en mi cabeza: la Cuba de las celebraciones oficiales con sonrisas y consignas y, la otra, la de disidentes metidos a la fuerza en un auto e impedidos de llegar a una misa católica.
Seguirle la pista a Camila Vallejo una vez llegada a nuestra capital iba a ser difícil, casi imposible, lo sabía de antemano. Por un lado estaba el círculo de protección -y control- que la rodeaba a ella y por otro las “largas sombras vigilantes” que me siguen a mí a todas partes.
Para hacerlo más difícil, los eventos incluidos en su agenda ocurrirían en el interior de instituciones educativas o políticas, donde el público es cribado entre los más confiables. Así que Camila y yo transitábamos por dos dimensiones que pocas veces se tocan, por dos mundos separados e incomunicados, entre los cuales todos los puentes han sido dinamitados. Pero quedaba al menos un terreno donde algún tipo de diálogo sería posible. Tomé mi teléfono móvil, el mismo que había vuelto a la vida sólo unos días antes. Escribí un pequeño mensaje de texto y lo mandé al número de servicio de la red social Twitter, camino accidentado y a ciegas que usamos numerosos cubanos para narrar la isla en trozos de 140 caracteres. “Como me gustaría hablar con @Camila_Vallejo pero el cerco oficial alrededor de ella es inexpugnable”, rezaba mi breve trino hacia el ciberespacio.
Para ese entonces ya dos hombres de camisas a cuadros me habían impedido acercarme al Aula Magna de la Universidad de La Habana, donde se presentaba su libro Podemos cambiar el mundo. Al aproximarme uno de ellos me interpeló: “Piérdete, que aquí no vas a poder entrar”.
Confirmé entonces que no habría peluca rubia ni bigote tupido que me sirviera para camuflarme y colarme en el local. Me resigné.
Unas horas antes de que mi tweet apareciera en la gran telaraña mundial, Camila Vallejo compartía con un grupo de jóvenes de la Universidad de Ciencias Informáticas. Rostros sonrientes, aplausos y admiración recibieron en oleadas tanto ella como Karol Cariola, la secretaria general de las juventudes comunistas chilenas.
En el auditorio decenas de jóvenes prestaban una muda atención a sus historias sobre la situación de la educación en Chile, las demandas escolares y los detalles de las protestas en las calles. Una Federación Universitaria que no ha podido organizar una sola marcha espontánea en 53 años, oía las anécdotas de asfalto y huelga que les llegaban desde el sur.
Entre quienes escuchaban estaban -sin dudas- las mayores promesas informáticas de nuestro país, pero también los policías tecnológicos que rastrean la web. Allí estaba la crema y nata de la llamada “Operación Verdad” que se encarga de denigrar en internet a quienes tienen opiniones contrarias al sistema y atacan sitios críticos al gobierno de la Isla.
Camila y Karol platicaban frente a nuestros soldados virtuales, ante nuestros antimotines del pensamiento. Esos que no usan balas de gomas, sino insultos, no lanzan chorros de agua sino estigmatización e injurias sobre el desamparado inconforme.
El resto de los encuentros terminó por marcar el carácter estrictamente oficial de la visita de la carismática Camila Vallejo a nuestra patria. Intercambió opiniones y abrazos con la secretaria general de la Unión de Jóvenes Comunistas de Cuba, la más gris entre todos los obedientes dirigentes que ha tenido esta organización.
La chilena se veía aún envuelta en el glamour que siempre la acompaña, pero sometida al protocolo encartonado y obediente de su contraparte cubana. Curiosa paradoja, de la postura antihegemónica en su país, Camila pasaba a compartir la palabra y la sonrisa con la hegemonía del pensamiento oficial cubano.
También estrechó las manos del actual presidente de la Federación Estudiantil Universitaria, Carlos Alberto Rangel, quien ostenta el triste papel de no representar los intereses del estudiantado frente al poder, sino a la inversa.
De manera que el dirigente de una organización sin autonomía se tomó la foto junto a la prometedora figura que en 2011 sacudió la realidad de Chile y levantó a su paso fuertes simpatías y antipatías en el resto del continente y del mundo.
La FEU cubana trataba de esa manera de sacar partido a la aureola irreverente que acompaña a Camila Vallejo, consciente de que la desobediencia es una postura que hace cinco décadas no resuena sobre la amplia escalinata de la Universidad de La Habana.
Cada estrechón de manos que le dieron esos cuadros formados en el oportunismo, fue como un ritual urgente para apropiarse de su imagen de joven rebelde. Sin embargo, siempre que la miraron a los ojos se percataron que de haber nacido ella aquí, hubieran tenido que empujarla -sin clemencia- al exilio, a la cárcel o a la simulación.
En su blog personal, Camila Vallejo había atizado el fuego de la polémica antes de arribar a la mayor de las Antillas. “Cuba no es una sociedad perfecta, ni Chile tiene por qué seguir su camino”, dictaminó y esa sola frase ya marcaba una distancia con relación a los más rancios postulados de nuestro discurso oficial. Pero también cometía el error de identificar -como tantos hacen- a nuestra patria con el gobierno que la dirige, a nuestra nación con la ideología en el poder. Camila quiso compartir con sus lectores una reflexión “sobre lo paradójico que resulta el discurso de quienes critican con tanta rabia a Cuba o a quienes sienten cariño y respeto por ella”, sin percatarse que en esa afirmación estaba incurriendo en una confusión tan difícil de extirpar como las raíces del marabú sobre tierra cubana.
Los reproches que tanto abundan no van dirigidos a nuestra identidad nacional, ni a las palmas que crecen en las llanuras ni a una cultura que ha dado en los tres últimos siglos escritores, artistas y músicos de dimensión universal. Las opiniones contrarias no van “a por Cuba” sino dirigidas a un gobierno que ha penalizado la discrepancia y ha secuestrado nuestra voz. Si no se desmonta el entuerto de identificar a millones de personas que habitan esta isla con una sola ideología, entonces seguirá ocurriendo la triste situación de que ciudadanos nacidos aquí sean llamados “apátridas” o “anticubanos” por tener opiniones políticas diferentes a las del Partido Comunista.
Para debatir precisamente sobre estas sinrazones y equívocos invité a Camila Vallejo a tomarse un café. Lo hice vía Twitter, porque soy consciente de que intentar dirigirle la palabra en público sería tomado -cuando menos- como un atentado. Pero pasaron las horas y la señal de un posible encuentro nunca llegó.
Una semana antes Benedicto XVI tampoco había accedido a escuchar otras voces de nuestra ilegalizada sociedad civil. Las Damas de Blanco le habían pedido a Joseph Ratzinger un minuto de su tiempo, a cambio el gobierno cubano arrestó a muchas de ellas e impidió salir de sus casas a otras tantas.
Con la recién llegada estudiante de Geografía no era necesario desencadenar una ola represiva al estilo de la ya conocida como “Operación Voto de Silencio”, bastaba encerrar a la visitante en un círculo oficial del que no pudiera salirse. La rebelde Camila obedeció esas reglas.
Después supe por la prensa que -al igual que el Papa- ella había estado conversando con Fidel Castro. La habían llevado a ese lugar cuasi secreto y resguardado desde donde el anciano ex presidente escribe sus largos y delirantes textos. El patriarca de la revolución cubana recibía a la joven que por un rato logró contagiarlo con su aura de juventud, de futuro.
El mismo Comandante en Jefe que desmontó todo rastro de independencia estudiantil -atenazándola con controles, informantes y purgas- declaraba su simpatía por las historias de rebeldía que le contaba Camila Vallejo.
El hombre que se destacó en sus tiempos de universitario por su tendencia a la confrontación con el poder, terminó cortando todos los caminos para que los jóvenes de hoy no le hagan lo mismo a él. Quien se desgañitó en sus años mozos gritando “Abajo la dictadura”, terminó creando otra e impidiendo las consignas antigubernamentales. Del encuentro con él salió la vicepresidenta de la Fech declarando que “todas las reflexiones que haga Fidel constituyen luz y esperanza para Chile”. Quedaba claro que intercambiar ideas y sorbos de café sobre mi mesa ya era un imposible. La Cuba oficial había abducido a Camila Vallejo.
Tomé el móvil nuevamente, mi único e inmediato camino para opinar en un país donde gente como yo nunca tendrá un minuto en la televisión, ni espacio para unas líneas en los periódicos nacionales. Mandé otro mensaje ya sin muchas esperanzas: “Ayer @Camila_Vallejo se entrevistó con Fidel Castro. ¿Tendrá un minuto para jóvenes irreverentes y contestatarios?”. Hasta el momento en que escribo estas líneas, no sé si ha podido leerlo o si también ella está sufriendo los problemas de falta de conectividad a la internet que padecemos tantísimos cubanos.
Nada más enviar aquella invitación un ring ring frenético resonó en mi bolsillo. Confieso que al instante creí se trataba de una llamada de esa veinteañera de rostro perfecto y hablar apasionado que milita en el Partido Comunista de Chile. Pero en realidad la voz que se escuchaba al otro lado era de una joven desesperada por las detenciones en el Oriente del país. Quería narrarme cómo la policía política allanó la casa de un disidente y se lo llevaron junto a su esposa, varios colegas de lucha y una buena parte de los papeles y libros que encontraron a su paso.
Me contó también sobre las tres hijas del matrimonio que quedaron a cargo de la abuela, hasta tanto se sepa si a sus padres los van a procesar por algún delito o sólo es una detención intimidatoria para que desistan de expresarse. La otra Cuba que no le habían enseñado a Camila Vallejo irrumpía en mi teléfono, me reclamaba mayor atención y mayor responsabilidad que el jugueteo periodístico de perseguir a una delegación que sólo se movía por espacios seguros, filtrados. No pude determinar la edad de la mujer que me había llamado y que me describía la ola represiva en Palma Soriano y Palmarito del Cauto. Nunca supe si era mestiza, negra o blanca; joven, madura, vieja… Pero en mis fantasías yo la veía con un aspecto casi perfecto, esculpido con una maestría de escultura griega. Mientras hablaba, yo construía en mi mente unos pómulos y un mentón de revista, una cabellera castaña de sueños, una juventud a prueba de desánimos.
Pero un sollozo rompió mis divagaciones, un lloriqueo en la línea telefónica deshizo aquella cara de proporciones perfectas y me enfrentó al semblante descompuesto de la Cuba real. ¡Cómo hubiera querido que Camila Vallejo también lo hubiera visto!
YOANI SÁNCHEZ – La Tercera (Chile) |@yoanisanchez |@ElPoliticoWeb

marzo 31, 2012

Premios con autocensura
Venevisión también descubrió que el llamado a frenar la violencia en el país es un acto subversivo y editó los mensajes de los artistas en la entrega de los premios Pepsi Music, pero su censura no pudo ser controlada en redes sociales


Al buen estilo de Venezolana de Televisión, que hace tiempo descubrió que el llamado a frenar la violencia y exigir la paz es un acto subversivo, Venevisión prefirió el camino de la autocensura, durante la entrega de los premios Pepsi Music reañlizado el pasdo miércoles y transmitidos por ese canal al día siguiente.
Infortunadamente para Venevisión fue que su censura no pudo ser controlada en redes sociales: los mismos artistas se quejaron por la censura en sus cuentas de Twitter; la empresa de gaseosas aclaró que la edición había sido una decisión de canal y que subirían a YouTube los videos completos.
Algunos invitados, como Yordano Di Marzo, Nana Cadavieco y Azier Cazalis, de Caramelos de Cianuro, cuestionaron vía Twitter la edición que hizo el canal de La Colina a las palabras de varios artistas que alzaron sus voces para pedir paz y cese de la violencia en el país.
"He sido censurado en un país donde hay democracia", dijo Yordano; mientras que el vocalista de Caramelos de Cianuro, Azier, afirmó en su cuenta que “cortaron mis palabras como cortaron lo que dijeron todos los demás”.
Sus llamados fueron de paz y no más violencia, debido a los últimos hechos de violencia que cobraron la vida, entre otros, del mánager de Caramelos, Libero Iaizzo.
La cantante Nana Cadavieco consideró como "deplorable" que Venevisión censurara a los artistas que hablaron contra la violencia. "Siéntanse entonces cómplices de ella", dijo.
Agregó además que “el proyecto de #PremiosPepsicMusic es creación de Libero Iaizzo”, y afirmó que “no me conformo con ver los discursos online. Debemos exigir que @venevision las transmita al país”.
Cadavieco lamentó que “no me equivoqué al opinar que transmitir los #PremiosPepsicMusic por @venevision era un error. Buenas noches”.
Cortaron el mensaje final d @victordrija donde dedicaba unas palabras ESCRITAS ENLA PANTALLAa nuestro amigo fallecido Libero #PPsinCensura

Tal Cual Digital.com
Sábado, 31 de marzo de 2012

marzo 30, 2012

El agua guarapiche y la Fiscala


Óscar Lucien

“Diga payaso que yo suelto la risa” parece ser el eslogan de la Fiscala Luisa Ortega Díaz cada vez que el teniente coronel Chávez piensa, insinúa, opina, o claramente, ordena que debe tomarse una medida judicial en tal o cual dirección. “Apenas usted diga carnaval yo tiro papelillos” parece ser el lema de la Fiscala Ortega Díaz ante cualquier deseo del Presidente Chávez que involucre al Ministerio Público, siempre, claro, que  su antojo esté relacionado con alguna medida en contra de algún individuo o institución que no comulgue con el ideario excluyente del socialismo del siglo XXI. Prueba en contrario, Chávez la mandó a meter preso al líder del colectivo La piedrita y la Fiscala miró para el techo.
No abrumaré al amable lector con conocidos ejemplos, extravagantes atentados al decoro jurídico y al mínimo respeto a la independencia y autonomía de los poderes públicos. Allí se acumulan, en la hemeroteca de la infamia que hemos de desempolvar más temprano que tarde. Tampoco voy a referirme al triste episodio de la Fiscala Luisa Ortega clamando en la Asamblea Nacional por una Ley Contra Delitos Mediáticos (sic), tan bochornosa que fue rechazada por los propios de su rebaño. Cito a la señora Ortega en aquellos días de Julio de 2009: “Es necesario que el Estado venezolano regule la libertad de expresión. Pido que se ponga límite a ese derecho”. Pero en menos de dos años, la jefa del Ministerio Público vuelve por sus fueros y solicita y obtiene una medida cautelar que limita las informaciones sobre el agua contaminada en algunas regiones del país. En adelante, toda información dependerá de un informe técnico de una autoridad competente, con lo cual, instaura, de facto, la censura previa.
Los gremios profesionales de la comunicación y organismos internacionales que velan por la defensa de la libertad de expresión y el derecho a la información han cuestionado la medida, alertando sobre el incesante “cerco rojo” a la libertad de expresión y al derecho a la información de los venezolanos: denuncian la medida como expresión de la perversa concepción gubernamental de la hegemonía comunicacional.
Sin embargo, quiero poner de relieve otro impacto de igual o mayor gravedad de esta descocada medida cautelar, que no ha sido suficientemente destacado y que atenta contra un pilar esencial de la democracia participativa como lo es la contraloría ciudadana, la fundamental valoración de un rol activo de la población en las cuestiones públicas, de particular relevancia en cuestiones ambientales.
Una referencia histórica es insoslayable en esta materia: el reconocimiento a la importancia de la participación ciudadana fue valorado y legitimado en la Declaración de Río sobre Ambiente y Desarrollo (1992), suscripta por más de cien jefes de Estado y de Gobierno, la cual en su Principio 10 establece que “... el mejor modo de tratar las cuestiones ambientales es con la participación de los ciudadanos interesados en el nivel que corresponda ...”. En el plano nacional, toda persona deberá tener acceso adecuado a la información sobre el medio ambiente de que dispongan las autoridades públicas, incluida la información sobre los materiales y las actividades que encierran peligro en sus comunidades, así como la oportunidad de participar en los procesos de adopción de decisiones. Los Estados deberán facilitar y fomentar la sensibilización y la participación de la población poniendo la información a disposición de todos.”
Los Estados, señora Fiscala, y en el caso venezolano usted debería ser un pilar esencial, “deberán facilitar y fomentar la sensibilización y la participación de la población poniendo la información a disposición de todos.” No es imponiendo cortapisas al libre flujo de la información, no es con medidas judiciales que inhiben y criminalizan la contraloría ciudadana. El teniente coronel Chávez vive enarbolando la Constitución a cada rato como un mago saca el conejo de la chistera pero por lo visto como mero ejemplar de utilería que los representantes de los poderes públicos ignoran y violentan sin recato. Me permito recordar, nuevamente, señora Fiscala Ortega, el articulo 62 de la carta magna: “Todos los ciudadanos y ciudadanas tienen el derecho a participar libremente en los asuntos públicos, directamente o por medio de sus representantes elegidos o elegidas. La participación del pueblo en la formación, ejecución y control de la gestión pública es el medio necesario para lograr el protagonismo que garantice su completo desarrollo, tanto individual como colectivo. Es obligación del Estado y deber de la sociedad facilitar las condiciones más favorables para su práctica”.